Luz de agua / Jardín de piedra

Luz de agua (2021)

 

LUZ DE AGUA

Cuaderno de trabajo/Cuaderno de citas

por Gustavo Fontán

 

 

Nota aclaratoria: Cuando empezó la pandemia, y la necesidad de permanecer en casa fue inevitable, me tracé un programa: hacer una serie de pequeñas películas que tomaran como punto de partida el territorio que estaba frente a mí. Lo restringí a los techos que veo desde mi terraza, a los muros contiguos, a un árbol. Al fin fueron cuatro películas: “Jardín de piedra”, “Luz de agua”, “Del natural” y “Árboles y pájaros”.  Todas ellas tienen su origen en la vigilia inscripta en el programa; en la convicción de que lo que tenemos frente a nuestros ojos es inagotable.

Las películas, además, fueron acompañadas por una serie de notas que dan cuenta de lo que miraba y los interrogantes que surgían sobre la representación. El texto siguiente es un fragmento de lo pensado y escrito en torno a una de las películas: “Luz de agua”.

 

Un hombre golpea a mi puerta. Lleva un bastón y una bolsa de compras. Le pregunto qué precisa y me mira en silencio, como si mirara una aparición. ¿Está bien? ¿A quién busca? Después de un rato se va sin hablar.

Hay una puerta que da a la terraza del geriátrico. Es de chapa y alguna vez estuvo pintada de amarillo. Ahora, el amarillo devino en ocre y lo que queda pintado está rodeado por manchas de óxido. Están a la par, óxido y ocre, en un equilibrio que no durará mucho. La puerta permanece cerrada la mayor parte del tiempo, pero, a veces, alguien sale a colgar la ropa o a buscarla cuando está seca. Si la puerta está abierta, es posible ver un pequeño tramo de la escalera que baja y sube, entra y saca. Uno, dos escalones, el comienzo del tercero. Intento descifrar su movimiento, la forma de su caída, pero no lo consigo porque enseguida la escalera es ganada por las sombras. Me resigno entonces y recorro las paredes que rodean a la puerta. Ahí el abismo es otro: no hay caída oculta en el espacio, sino deriva en el tiempo. Desde las marcas inscriptas en la piedra, se desborda la memoria. Acá estoy y miro. Acá estoy y recuerdo.

Cuando la puerta y las paredes que la circundan son alcanzadas por la luz dorada del fin de la tarde, ya no puedo dejar de mirarla. Esa belleza es tan fugaz que a veces, aunque me lo propongo, no acierto con el horario. Ya ha sucedido. O no sucede por alguna razón simple: la inclinación del sol o la presencia de nubes. Pero a veces el acecho tiene su premio y esa luz aparece como una revelación. Solo su devenir, cuando esa porción de mundo se ennegrece, permite entender que la luz no es una cualidad de esa puerta y esas paredes, sino un instante único, que sucede y se retira. Nos hace saber que la belleza es ese deslumbre que contiene su propio fin.

“En los lienzos de Savinio, la luz nunca cae de ninguna parte, no está fuera de los cuerpos y por eso jamás produce sombras, que son en sí mismos el resultado de un repetitivo golpeteo de la luz, tanto que no se podría afirmar si este proviene de fuera o de dentro, cual si hubieran sido labrados en relieve como repujados por el color que los forma”. (Giorgio Agamben, Studiolo).

“Luz borrosa, de espejismo, claridad sin descanso por entre los canteros hirsutos. ¿Dar con la palabra de ese juego como la aldaba de la puerta que nadie abrió nunca?” (Arnaldo Calveyra, Apuntes para una reencarnación).

“Lo esencial, Savinio no se cansa de recordarlo, es que la figura no sólo contiene materia y color, sino que lleva consigo su propio tiempo para emerger”. (Giorgio Agamben, Studiolo).

 

 

Dos gorriones picotean el vidrio de la ventana.  Dan algunos golpes con el pico, se alejan, y vuelven a la carga. Ya va más de una hora de este repiqueteo. Escucho piar y descubro un pájaro adentro de la habitación. Está quieto, sobre una repisa. Supongo que es un pichón y que sus padres, desesperados, lo buscan. Cuando me acerco, vuela por el cuarto y deja una estela gris. Voy con mucho cuidado hasta su nueva posición y nos miramos unos instantes. Hace mucho tiempo filmé una habitación llena de pájaros. Eran unos pájaros pequeños, de colores, que habíamos comprado en la Rambla de Barcelona. Se llamaban Ruiseñores de Japón, creo. Pero no conseguimos que las imágenes albergaran la experiencia de los pájaros volando junto a nosotros; sus latigazos de viento sobre los cuerpos. El gorrión sigue ahí, inmóvil. Abro la ventana y, con dificultad, consigo que salga.  Vuela hacia un árbol y enseguida lo pierdo de vista en el follaje.

Los pájaros no cesan en su batalla. La hipótesis de que buscaban una cría se vuelve inconsistente. Los observo durante algunos días. La mayoría de las veces sé que están ahí porque sus golpes retumban en la casa. Su acción es más intensa cuando el sol filtrado por el árbol deja manchas doradas en el vidrio. Por momentos parecen furiosos. Siempre son dos y no atacan al mismo tiempo. Los miro sin saber qué ven. ¿Cuáles son las visiones que los inquietan? ¿Podremos, ellos y yo, convivir unos instantes en el mismo espejismo?

“Un viejo espejo. Alguien descubre la forma de que todas las imágenes que reflejó en el pasado vuelvan a la superficie”. (Nathaniel Hawthorne. Cuadernos norteamericanos).

 

 

Llueve. Es una lluvia intensa que resbala por la pared y la puerta de la terraza. Busco la cámara, la enciendo. Mientras grabo pienso en la escritura del agua sobre la piedra. En el cuadro fijo, el agua aletea y cae. Me hipnotiza esa fuga. La materia sujeta a la gravedad. Me pregunto si es el agua quien nos lleva, nos llevará.

La mirada del hombre que golpeó a la puerta persiste. En su silencio escucho la voz de Godoy, el pescador que se perdió en el tiempo. Negro venía. Venía negro. No recuerda, vuelve a vivir el momento en el que el tornado de San Justo lo encontró en el río. El pasado irrumpe, lo inunda. Agua, agüita, aguacero. Veo sus ojos, todavía abiertos, abismados. Voy con él, con la fuerza del remolino en el remanso. Los ojos del hombre que golpeó a la puerta, los ojos de Godoy. Es tan potente el recuerdo que la amenaza sobrevive. El lenguaje se desborda: yo iba a remo, los árboles empezaron a crujir, ¿y si me comen las palometas?, me perdí en el tiempo. Todo lo que dice está impregnado de la materia que lo rodea. ¿Será posible hablar así, con la potencia y la luz del agua, con su belleza y su amenaza?

“Me acuerdo tanto, pero se me viene fuera de la memoria”. (Godoy, de pie, en la orilla. En un plano que no filmé nunca).

 

Jardín de piedra (2021)

 

UN DIPTICO 

A propósito de Luz de agua y Jardín de piedra

por Oscar Cuervo

Cuando hace pocas semanas, antes de que el año ’20 terminara, Gustavo Fontán dio a conocer a través de las plataformas su corto Jardín de piedra, anticipó que se trataba de la primera de «dos pequeñas películas» originadas en una experiencia común:

«Durante varios meses de este año sin sentido salí a la terraza para mirar los techos. Salía en distintos momentos del día, como en un rito, buscando tal vez en esos techos algún tipo de explicación. Algo que mitigue el desconsuelo».

Dos películas originadas en la experiencia de un año para el que nuestra generación no estaba preparada. Un tiempo de penuria y una tarea poética para mitigar el desconsuelo. No un plan de evasión sino la transfiguración del desaliento en una suerte de testimonio bienhechor, un trabajo con la materia misma de la ruina para poder tocarla, para hacerse compañero de ella, una huella lanzada hacia un futuro que permita comprender un sentido que todavía nos resulta esquivo. Este tiempo nos provocó una fractura brutal en la sensibilidad. No sabemos cuándo ni cómo termina, todavía en el punto ciego de un abismo. Más adelante podrá, quizás, aunque no es seguro quién, verse el desenlace.

 

 

Fontán decidió hacer cine para morar junto a la penuria. No para olvidarla, sino para morar en ella de modo que se nos haga compañera, una prueba de vida ante la cosa negra que nos alcanzó. A lo mejor, pensada de este lado, después de que llegó, la cosa negra se presentía, capaz hubo voces anteriores que avisaban lo que hoy puede deletrearse en silencio en las terrazas de piedra reseca y herrumbre, en los escombros, en las hojas muertas, los desechos de un tiempo que nos trajo hasta acá. Quizá un desconocido ya había golpeado a la puerta y nos había dicho que el verde de las hojas es tentativo y no supimos bien si desvariaba. El desvarío hoy se hizo presente. Es un abismo que nos pone entre lo que llegamos a ser y lo que se nos viene, cada uno lo capea como puede.

El tiempo de la historia que nos lleva como la corriente de un río no tiene noción de una piedad humana, toda ilusión de progreso fue eso, ilusión humana. Inmensidad de un río manso y despiadado. La esperanza radica en otra cosa: cuando una flor brota entre las piedras secas surge una fuerza que resiste con fragilidad invencible.

La decisión de Fontán de encarar este tránsito incierto a través de un díptico me llevó a preguntarme: ¿qué tiene el número 2? ¿Por qué no un tríptico, como una tradición persistente nos acostumbró a esperar el ritmo de la aparición de las cosas que surgen? Creo que el 3 es la conciliación, un puente entre dos posiciones, una mediación que cierra la fractura. Esto se encuentra en la concepción triádica de la unidad aristotélica y también en el ritmo de la dialéctica, las modalidades clásica y moderna del clasicismo. Si hay 3, hay conciliación y cierre. El 2 da cuenta de la imposiblidad de conciliar. Creo reconocer una tendencia del cine contemporáneo por dejar la fractura expuesta y negarse al 3, como si las películas no pudieran ya configurar unidad. Los momentos del díptico se paran uno frente al otro sin componer la fractura.

Algo entendí en estos meses de confinamiento en los que sentí en la carne el tironeo entre estar adentro y salir afuera: las horas de vigilia que paso adentro se ven interrumpidas por el ritmo del sueño. En sueños salgo al exterior que tengo cancelado en la vigilia. Soñar es una forma de respiración. 

 

 

La primera parte del díptico de Fontán, con su silencio plano, es como esas horas de la vigilia callada en las que nada se escucha. En Jardín de piedra el cine hacía aparecer el encierro de la mirada, agarrada a un punto fijo desde el que algo solo se dejaba ver. Luz de agua parte de esa misma perspectiva de la mirada confinada, la misma terraza seca y la herrumbre, como si comenzara el segundo capítulo de la serie, pero en seguida la dirección se desvía. Aparece el agua primero como lluvia, después como río, con la textura de la imagen analógica que alivia la sequedad digital. Unos intertextos mencionan una y otra vez a un desconocido que llama a la puerta, un visitante de los sueños. El antecendente de Jardín de Piedra no se borra, está presente como contraste necesario en los reflejos tornasolados de Luz de agua. Fontán hace aparecer el río, los reflejos involuntarios del sol sobre la lente, los destellos dorados y el rojo rabioso del río al atardecer. Y la voz de Godoy, el hombre del río, no sabemos si el mismo que vino a golpear la puerta u otro, que aparece en el sueño y cuenta una deriva y le pone nombre a esa cosa negra que se venía. En el grano de la imagen analógica hay polvo y todos los elementos se acarician, el agua es a la vez remanso y amenaza, la luz es una caricia cósmica, ese movimiento que en Jardín de piedra está interrumpido. 

No hay un final feliz, es el pasaje onírico en el que los restos de otro tiempo cobran vida, también la vuelta del cine fluvial de Fontán, como momento feliz de una inmersión amenazada, como un sueño que espera volver a despertar de esta vigilia seca. Se trata siempre del tiempo, porque las paredes resquebrajadas, la herrumbre y las hojas secas en la terraza también conjugaban un tiempo. Pero en Luz de agua el tiempo habla como un mundo al que resta volver, con la esperanza secreta de que ahí nos aguarda.

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